Íbamos a ir al Mar Muerto. Pero hacía mal tiempo. Aun así, lo intentamos (que no se diga!). Llegamos y había tanta niebla que apenas se veía el mar. De pronto, parecía que estábamos en el cielo y empecé a encadenar pensamientos (que es una cosa que hace una mucho cuando viaja)...
Estoy delante del Mar Muerto. Enfrente de Jericó, Jerusalem, Belén... Y pienso... Tantos años oyendo hablar de este lugar, tantos años en un colegio del opus, tantos años pensando, imaginando como sería, qué paisaje tendría, dónde estaría... Y por fin he llegado. Estoy aquí, en la tierra prometida.
(o como dirían en mi tierra: donde Cristo perdió er meshero...)

Por eso nos mantienen en la miseria estos miserables. Para que no viajemos. Si no, nos ponemos a hilar ideas y a lo mejor nos damos cuenta de que esto ni es una democracia ni tiene sentido alguno. Yo una vez me fui a Lisboa y me di cuenta de dos o tres cosas raras que ya se me han olvidado. En Sevilla te borran la mente a base de montaditos.