Acabo de llegar a ese sitio maravillosamente público donde me dejan conectarme -con cuentagotas- a internet
(ya que TELE2 y TELEFóNICA piensan que hasta el 20N no soy merecedora
de susodicho servicio y pertenezco a esa parte desinternetizada del
mundo que mendiga por un cachito de red) (así que el 20N ya tenemos dos
cosas que celebrar) para contaros que hoy he dado mi primera clase de
teatro a niños. Bueno, la primera y la segunda. Dos. De cuatro a cinco
(monstruitos de 5 a 8 años) y de cinco a seis (preadolescentes mitad
lacios mitad espabilaos de 9 a 14). En pocas palabras: la primera,
interminable; la segunda, semapasaovolando.

Estoy muy contenta. Ha sido muy guay. Y me he acordado de mi primera
clase de teatro (como alumna adolescente) (yo era de la mitad lacia) y
he llamado a Alvarito, el que me metió en esta trampa de la que aún no
he conseguido escapar.

Pero no es momento para cursiladas. He vuelto con tanto sueño y tanta hambre que me he planteado la siguiente reflexión (y como estoy tan cansada, la reflexión y la
palabra del día van a ser hoy la misma, ):

No serán estos pequeños monstruos
vampiros disfrazados de niños?

(Al final, mis amigas del segundo grupo me han dado su dirección de hotmail y me han pedido que las agregue al messenger. Qué cute, no?)