Esta mañana me he levantado a las diez y he dado como unas ochenta vueltas a mi casa mientras una frase daba, a su vez, unas ochenta vueltas en mi cabeza: "qué hago, dios mío, qué hago?". La palabra de hoy, amigos, es dura. Y tiene una calle en San José.

Y es que hay algo que no entiendo: por qué cuando estás durante más de 12 horas bebiendo sin parar no te da por pensar -ni siquiera un solo segundo de esas 12 horas- "oh dios mío, qué mala voy a estar mañana, será mejor que pare"? Nada. Ni se te asoma la idea a la ventana de la conciencia...

Y es que todo sería diferente si tuviéramos un sistema de autoprotección más potente, algo así como un mecanismo de resaca inmediata. Te tomas una cerveza y automáticamente ¡ZASCA! -- resaca. Te tomas dos y la resaca aumenta en progresión geométrica. La tercera ya te la piensas. Y así... así nunca llegaríamos al decimoquinto cubata.

Seremos mucho más sanos, más felices, más ricos e incluso mejores personas el día en que poseamos el mecanismo de defensa "resaca express". Pero hasta entonces, seguiremos tropezando -todas las veces que haga falta- con la misma piedra.

Una vez más, repito: no volveré a beber, lo juro...